Maduro y Noriega, dos historias opuestas y un mismo destino: la cárcel
No hay que dejarse engañar ante la sorpresiva y espectacular captura del ya exlíder de Venezuela, Nicolás Maduro, que el presidente estadounidense, Donald Trump, ha definido exageradamente como «la mayor operación militar desde la Segunda Guerra Mundial». La caída de Maduro es otro eslabón en la cadena de regímenes derrocados por Estados Unidos. La caída del líder bolivariano solo es otro eslabón en la cadena de regímenes derrocados por Estados Unidos en sus dos siglos y medio de historia. Un nombre más en una larga lista de jefes de estado, dictadores o señores de la guerra, aliados o enemigos, que Washington acabó pasando por la piedra en su ascenso hacia el control global como única superpotencia. Un sueño, por otro lado, que hoy en día solo es eso.
Los acontecimientos en Caracas han precipitado las comparaciones entre la caída de Maduro y la del exdirigente de Panamá Manuel Noriega, que, aunque existen, son una falacia histórica construida por motivos geográficos y coincidencias de fecha. El hecho de que ambos fueran acusados de narcotráfico y por fecha coincidente de su arresto, un 3 de enero. Ahí acaban las similitudes. El panameño fue un dictador militar sin fachada electoral, mientras que el venezolano intentó mantener una arquitectura electoral formal viciada y torticera.
Noriega, que gobernó de facto su país desde 1983 hasta que fue arrestado y condenado a 40 años de prisión en 1990, después de lo cual pasó por diversas celdas en Estados Unidos, Francia y Panamá, donde, en 2017, murió a los 83 años por un tumor cerebral mientras estaba bajo arresto domiciliario, era un militar profesional y colaborador habitual de la CIA. Su poder provenía del control absoluto de las Fuerzas Armadas y los servicios de inteligencia.
Por su parte, el dirigente bolivariano empezó como sindicalista y luego fue canciller de Venezuela, antes de suceder a Hugo Chávez como presidente tras unas elecciones en 2013, cuya legitimidad electoral sigue en entredicho. Después, consolidó un régimen autoritario despótico que se apoyaba en elecciones controladas, el partido-Estado y el aparato institucional como herramienta de represión.
La gran coincidencia real entre estos líderes latinoamericanos es que tanto Maduro como Noriega, uno por rebelde y el otro por ser un impedimento ante las ansias petrolíferas de Washington, pasaron de ser meros problemas regionales a enemigos estratégicos de Estados Unidos, que los detuvo con un ejercicio de circo mediático muy similar tras la invasión de Panamá, o el espectacular secuestro en Caracas.
Sin embargo, cuando el líder bolivariano se siente delante del juez en Nueva York, su caso será muy diferente al de Noriega, puesto que lo hacía para financiar las operaciones encubiertas de la CIA. Por este motivo, el panameño fue condenado por crimen organizado, narcotráfico y lavado de dinero con unas pruebas judiciales indiscutibles que lo vinculaban a la plataforma logística del cartel de Medellín. Algo que la esfera internacional aceptó sin problemas.
Maduro ha sido acusado de algo similar, la presunta vinculación con el Cartel de los Soles, pero no hay una condena judicial firme contra él, a pesar de que la Administración Trump asegura que dispone de pruebas fehacientes basadas en informes de inteligencia, testimonios y vínculos económicos indirectos. Por otro lado, el expresidente venezolano cuenta con la condena ante su secuestro no solo de sus apoyos naturales (Rusia, China, Irán, Cuba), sino que diversos aliados de Estados Unidos consideran el secuestro como un acto contra la legalidad internacional. Sin embargo, no es la primera vez que Washington emplea esta táctica.
Otros líderes que cayeron
Noriega y Maduro se encuentran en dos categorías diferentes. El primero en la de los líderes acusados de crimen organizado o terrorismo que la geoestrategia de Washington eliminó por necesidad, y el segundo en la de los dictadores, aliados o no, incómodos para las aspiraciones económicas de Estados Unidos; las únicas que realmente importan a la Casa Blanca. En ambos casos, la lista de nombres da escalofríos.
En la primera categoría, la de los que acabaron mordiendo la mano que les daba de comer, destaca Saddam Hussein, aliado que se convirtió en enemigo por motivos estratégicos, quien pasó de ser aliado por su lucha contra Irán, a ser acusado de crímenes masivos, violaciones del derecho internacional y disponer de arsenal nuclear (la gran mentira de aquella guerra en Irak), que acabó con el líder defenestrado y en el patíbulo. Ese también fue el final del libio Muamar el Gadafi, que tras su renuncia nuclear en 2003 pasó de miembro del eje del mal a socio táctico, hasta que su derrocamiento acabó con el carismático líder siendo linchado y ejecutado en público.
En la segunda categoría, la de Maduro, se encuentran líderes juzgados por crímenes de guerra o corrupción internacional, como Charles Taylor, el señor de la guerra convertido en presidente de Liberia, condenado por crímenes de guerra y tráfico de diamantes (creado e incentivado por empresas estadounidenses y europeas), que acabó juzgado por un tribunal internacional. Otro nombre destacable es el del serbio Slobodan Milošević, cuyo liderazgo causó la guerra civil en la antigua Yugoslavia. Su régimen se enfrentó a la entente de la OTAN y los Estados Unidos y acabó juzgado en La Haya. Aquí también hubo justicia, dada la tremebunda limpieza étnica ordenada por el carnicero serbio.
¿Se puede decir lo mismo del caso de Nicolás Maduro? Eso lo decidirán los tribunales de Nueva York, que, hay que recalcar, no son los de una Corte Penal Internacional, como en el caso de los dos últimos líderes. En resumen, Noriega fue un dictador militar que se quedó aislado al traicionar la confianza de su aliado, que en ese momento era la máxima superpotencia del mundo. Por su parte, Maduro es un autócrata cuyo régimen ha durado diez años protegido por alianzas internacionales y por un sistema de control interno más sofisticado. Por ello, aunque presenten una apariencia similar, los casos de Noriega y Maduro son como el agua y el aceite.
