Trump y la paradoja del “presidente pacificador”
El rechazo a las guerras eternas, uno de los pilares del movimiento América Primero (America First), construyó gran parte del capital político de Donald Trump sobre una idea muy clara: bajo su mandato, Estados Unidos dejaría de iniciar guerras inútiles y costosas. Denunció Irak, Afganistán y Libia como errores estratégicos. Se presentó como el presidente que no había iniciado nuevos conflictos para atacar al “estado profundo” y al complejo militar-industrial para reivindicar una diplomacia basada en los acuerdos personales, porque "soy el mejor negociador del mundo", según asegura. Sin embargo, los hechos, tanto la escalda en Gaza, Irán o, ahora, el secuestro del presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, muestran lo contrario.
La realidad de la política exterior de Donald Trump es que esta es un ejercicio de coerción y no de pacificación, a pesar de que este se vanagloria de haber terminado con hasta ocho conflictos, la mayoría de los cuales siguen activos. La justificación de las cabezas visibles del trumpismo, como el Secretario de Guerra, Peter Hegseth, es que no se debe confundir el no iniciar guerras con una política exterior pacífica.
Por ello, desde que se sentó en el despacho oval, el magnate neoyorkino ha sustituido la guerra convencional por la suma de tres factores: la coerción económica, la disuasión militar con acciones violentas y la imprevisibilidad personal. Eso le ha permitido ejercer presión a través del uso agresivo de las sanciones económicas, la retirada de tratados y marcos multilaterales, las amenazas militares explícitas, los asesinatos selectivos como el del comandante iraní de la Fuerza Quds, el general Qasem Soleimani, o las presuntas lanchas transportando narcóticos desde Venezuela a Estados Unidos. Y, ahora, el secuestro de Maduro.
Venezuela, un enemigo natural
El país bajo la mano férrea del régimen chavista ocupa un lugar clave en la cosmovisión trumpista por dos razones. En primer lugar, hay que tener en cuenta el factor ideológico, puesto que desde sus inicios en política Trump asumió el relato de la derecha dura de Florida, donde tiene su Casa Blanca de verano en Mar-a-Lago. Es decir, la visión de Venezuela como símbolo del socialismo fracasado, para el uso de “la dictadura venezolana”, según la definió, para atacar a demócratas y a la izquierda interna, cosa que refuerza un mensaje electoral que le valió los votos cubanos y venezolanos en el Estado.
En segundo lugar, está la influencia del ala dura de su propio partido, que desea un cambio de régimen, incluso por la fuerza. Los tres halcones trumpistas que definen las ansias de atacar a Venezuela son los neoconservadores John Bolton, Elliott Abrams y Marco Rubio. Bolton fue asesor de Seguridad Nacional de Trump entre 2018 y 2019 y arquitecto intelectual de la invasión de Irak, en 2003. Ha declarado en más de una ocasión que la diplomacia debe estar respaldada por la amenaza real de guerra. Aboga por un cambio de régimen explícito en Venezuela porque considera a Maduro como parte del “eje del mal” latinoamericano, junto a Cuba y Nicaragua. Además, considera que el ataque mandaría el mensaje de que Estados Unidos sigue siendo el jefe en su hemisferio.
Por su parte, Elliott Abrams, el enviado especial para Venezuela (y luego Irán), quien fue una figura clave del escándalo Irán-Contra y está considerado como un especialista en cambios de régimen y operaciones encubiertas, apuesta por un método más discreto que el de Bolton. No en vano fue la cabeza del plan Guaidó, apostando por la fractura interna del chavismo, la amnistías a militares y la asfixia económica progresiva. Para él no hace falta una guerra, solo presión, tiempo y deserciones. Por ello, es muy posible que haya participado en la toma de decisión para el secuestro de Nicolás Maduro.
Finalmente, el actual secretario de Estado, Marco Rubio, es la voz principal del lobby cubano-venezolano en EE. UU, el cual, desde los años 80 del siglo pasado, combina la ideología anticomunista con los cálculos electorales para el Partido Republicano. Es absolutamente hostil al chavismo y cree en la intervención militar como opción legítima. Sin duda, ha tenido un papel fundamental en la captura del líder venezolano para intentar llevar a cabo un conflicto de bajo coste y en base a una Venezuela descabezada, militarmente débil y con las fuerzas armadas divididas.
El ataque ordenado por Trump recuerda mucho a las políticas estadounidenses de Ronald Reagan, las cuales causaron múltiples guerras civiles en el continente. Para el inquilino de Mar-a-Lago, refuerzan la imagen de un liderazgo fuerte que pretende venderse como liberador y no como iniciador de guerras. Sin embargo, el ataque directo contra Maduro rompe el núcleo del relato del presidente ya que su intervención militar en América Latina es una clara contradicción ideológica que no solo va en contra del “America First”, sino que despierta el fantasma del intervencionismo agresivo estadounidense en la región en base a la Doctrina Monroe. Es decir que, una vez más, el presidente que se presentó como anti-sistema aplica políticas continuistas del orden imperial.
