Emil Cioran, el gran aforista del pesimismo, se confiesa
Todo apunta a que Emil Cioran escribió más de lo que publicó. Filósofo sin sistema, aforista de la desesperanza, maestro del estilo fragmentario, fue también –como lo confirma «Manía epistolar» (traducción de Juan Vivanco Gefaell)– un escritor de cartas compulsivo. En esas páginas personales, que van de 1930 a 1991, se seleccionan, entre miles de misivas conservadas en archivos dispersos, ciento sesenta cartas, muchas de ellas inéditas, que componen una suerte de autobiografía a contraluz: Cioran las dirige a su familia, a viejos amigos de Bucarest, a colegas como Eliade o Zambrano, a lectores anónimos, y también a algunas mujeres que atravesaron su vida como relámpagos: entre ellas, la «Gitana», su último amor, destinataria de varias cartas tan sensuales como melancólicas.
En estas cartas asoma un autor más auténtico y sincero, en ocasiones, hasta achacoso
«No hay verdad más desnuda sobre un autor que su correspondencia», escribe él mismo en el prólogo del volumen. «La obra, la mayoría de las veces, solo es una máscara». Y lo dice con la autoridad de quien siempre desconfió de todo, incluso de sí mismo. En cartas, lejos de la pose profética de sus libros, aparece a menudo frágil, desorientado, incluso pueril. Se queja del insomnio, del envejecimiento, de sus propios libros, de los demás, del correo que no llega, del sentido que no encuentra. Pero también agradece, se entusiasma, consuela, se ríe. No hay nada de cinismo en estas líneas, y sí mucho de vitalidad.
Desde las primeras cartas juveniles, escritas entre la Bucarest intelectual y la [[LINK:TAG|||tag|||6336139f5c059a26e23f7779|||Alemania]] convulsa de los años treinta, se percibe a un joven poseído por la urgencia de pensar, leer y sufrir. Las ideas políticas de las que luego renegaría (y que manchan algunos de sus textos rumanos) aparecen aquí en segundo plano, superadas pronto por una sensibilidad filosófica ya inconfundible. En una carta temprana habla de su «condición de loco sin locura», que define como «el estado de cualquiera a quien le ha abandonado el sueño». El insomnio, efectivamente, será una constante de su vida y de su estilo: ese pensamiento que no se apaga nunca y que convierte cada amanecer en un fracaso.
Exploración del yo
En París, donde llegó en 1937 con una beca para una tesis que nunca escribiría, empieza su lenta mutación. Allí se convierte en el Cioran que conocemos: el paseante solitario del Barrio Latino, el paria existencial, el escritor sin oficio que vive con lo mínimo y consagra su tiempo a leer, pensar y escribir sin descanso. Pero, como revela «Manía epistolar», ese mito del recluso en su buhardilla está lleno de grietas, pues Cioran escribe con un deseo profundo de comunicación. En este sentido, y atendiendo asimismo al hecho de que escribe tanto en francés como en rumano o incluso en alemán, para Cioran la carta «es un gran acontecimiento de la soledad», un modo de estar con el otro en ausencia, de hacerle presente. Para alguien como él, que desconfiaba tanto del lenguaje como del mundo, esa forma de conversación privada podría interpretarse como una tabla de salvación: «Para saber la verdad sobre un autor, más que en su obra hay que buscarla en su correspondencia. La obra, la mayoría de las veces, solo es una máscara», añade, y pone como ejemplo a Nietzsche, quien en sus libros representa un papel y «se sitúa, orgullosamente, en el centro del futuro», pero que en sus cartas, en cambio, «se queja, es miserable, desvalido, enfermo, infeliz».
El pensador deja traslucir en estas líneas su desconfianza de las palabras
Por otra parte, no faltan en estas páginas episodios grotescos, que revelan su sentido del humor y su morbosa curiosidad por los márgenes de lo humano. Uno de los más memorables es el encuentro con una admiradora que lo había colmado durante años de ditirambos por carta. Cuando finalmente decide verla –movido, dice, por el deseo de escuchar «mentiras agradables» para calmar su desprecio hacia sí mismo–, se encuentra con una anciana extravagante, bajita, vestida de forma absurda y con gafas oscuras. Pese a su apariencia ridícula, la mujer le cuenta su vida con tal talento narrativo que Cioran se queda mudo durante horas, embelesado. «Pasé del asco a la complicidad», escribe. Y añade con ironía: «Lástima que sea el único que saborea esas maravillas y esos horrores».
Pero más allá de las anécdotas, lo que brilla en estas cartas es una forma de sinceridad, como si desarrollase una exploración radical del yo, sin complacencias. En una carta de 1947 escribe: «Ya no soy el mismo». Y es cierto: cada carta marca una mutación, una caída o una epifanía, pero nunca algo concluyente sobre sí mismo. Como afirma el editor del volumen, Nicolas Cavaillès, los libros de Cioran pueden parecer a veces ajenos incluso a su autor. Las cartas, en cambio, son «sucesos»: fragmentos de vida que no buscan la posteridad, sino el contacto inmediato. Por eso, aunque se definiera como un «superviviente vergonzoso», como alguien que ya no espera nada, sus cartas desmienten esa renuncia. En ellas hay rabia, deseo, ternura, resentimiento, gratitud. Todo menos indiferencia.
