El Espanyol entristece al Atlético (2-1)
En la mejor jugada del partido, entre Pablo Barrios, Almada, Baena, Julián Álvarez remató al palo. Mediaba la segunda parte y habría sido el 0-2 para el Atlético de Madrid, cerrar el encuentro y escribir crónicas en las que se diría que este año Simeone tiene futbolistas para hacer un fútbol de alto nivel y para ganar partidos. Porque Almada suena bien y Baena da sentido a casi todo y Julián Álvarez es un futbolista decisivo, que lanza faltas como pocos ahora mismo. Pero el Atlético de Simeone, que fue ganando gran parte del encuentro, lo acabó perdiendo cuando parecía que lo tenía en su mano.
Los cambios, decisivos
Los cambios de Manolo González dieron mejor resultado que los que hizo Simeone. Se fueron Almada y Baena y el equipo se fue apagando más cansado que el rival y con la sensación de que el partido se le hacía largo, mientras que al Espanyol crecía y crecía y jugaba sus cartas mucho mejor. ¿Sus cartas?: balones al área. En uno de los cambios, el técnico españolista puso en el campo a Kike García, ese trotamundos que verticaliza a los equipos y que casi obliga a los compañeros a buscar balones al área y también, Manolo González puso en el campo a Pere Milla y ahí empezó a ganar lo que tenía perdido.
Le puso en el campo justo después del tanto del empate del Espanyol, lo que cambió radicalmente el destino del partido. Antes, el Atlético fue mejor, sin prisa, sin grandes ocasiones, pero con soltura y con ganas de jugar. Almada y Baena dan otro color a este equipo y su conexión con Julián Álvarez puede convertirse en un triángulo más que interesante. Aunque puede que la derrota cambie los planes de Simeone. Lo cierto es que con los tres en el campo y sin cansancio, el Espanyol fue inferior. Pese a que intentó dominar al empezar el partido, el Atlético maduró mejor y se hizo con los mandos. Le faltó finalizar, más mordiente, lo que puede ser un problema en el camino largo que le espera, pero fue, en general, un equipo al ataque, con la pelota y al que la falta maravillosa de Julián Álvarez puso por delante.
No se cerró atrás después del tanto, lo que ya es una buena noticia. En el descanso Simeone cambió el centro del campo, quitó a Cardoso y Gallagher para poner a Barrios y a Koke. El primero dejó claro que va a ser la pareja de Cardoso en el centro del campo, porque fue quien dinamizó a sus compañeros. No había color en el partido. El plan del Espanyol era mandar balones arriba, a sus delanteros y empezar la pelea cerca del área de Oblak, pero lo cierto es que el choque iba en la dirección que ponía Barrios.
Una falta de Marcos Llorente
Pero los cambios desde el banquillo cambiaron la tendencia y una falta de Marcos Llorente en una jugada tonta, más cerca del centro del campo que de su área fue lo que hizo que el partido se le empezase a escapar al Atlético. Edu Expósito puso el balón en el sitio exacto del área en el que había que ponerlo y el defensa Miguel Rubio llegó abajo para rematarlo. Puede que Raspadori sepa a partid de esa jugada quién es Simeone, pues no es mucho arriesgar si apostamos por una bronca del entrenador argentino a su fichaje por no seguir la marca.
Todo lo que estaba controlado, y no lo estaba. Barrios perdió la pelota y el entusiasmo y el Atlético, ya con Griezmann y Sorloth en el campo no llegaba al área rival. Dejó de jugar.
En el Espanyol todo fue entusiasmo y, a veces, puede ser suficiente para dar la vuelta a una situación, para hacerse con el partido y llegar a la victoria. No era el fútbol más delicado el del equipo de Manolo González, pero si fue tremendamente efectivo. El gol de la victoria ni siquiera llegó de una oportunidad, visto con tranquilidad, no se puede considerar una jugada de peligro. Porque el centro desde la banda derecha se quedó corto y bajo, difícil o casi imposible para Pere Milla, pero el futbolista del Espanyol hizo lo único que se podía hacer: un remate extraño, en parábola, que se metió por la escuadra de Oblak.
Simeone no se lo podía creer. Ahora tiene que decidir si apuesta por lo mejor que se vio o le da pánico la facilidad con la que recibió los goles.