El Barça no quería fichar a
Nico Williams esta temporada. No estaba en los planes. La dirección deportiva dibujó el pago de la cláusula de
Joan Garcia, una buena oportunidad de mercado y tenía en la agenda a
Luis Díaz, del Liverpool.
Rashford se había ofrecido y el Barça lo había incluido como opción. Después de un contacto de
Nico con sus compañeros de selección aparece que el jugador del Athletic quiere venir al Barça. Lo expresa a otros jugadores amigos suyos y el agente se pone en contacto con
Deco para declarar su intención, inequívoca, de firmar por el Barça. No era una negociación, era un deseo. El club blaugrana se pone manos a la obra tras convencer a
Laporta, que no lo veía muy claro. Se cruzan borradores de contratos, hay un acuerdo sobre tiempo y sueldo. En el interín, el Athletic actúa para intentar retenerlo, teniendo en cuenta que su hermano es el capitán y juegan Champions. De pronto, tras ser borrado el grafiti de
Nico y elevar en redes el tono contra el jugador, el agente empieza a poner exigencias que no estaban. Es lógico que quiera garantías de inscripción y el Barça se las da, aunque no de la forma que el representante lo enuncia: con mucha prisa (antes del 6 de julio, sobre todo) y obviando que el club blaugrana pudiera recuperar el dinero invertido en la cláusula. No es de recibo. El Barça se muestra firme y hasta llega a proponer que si al final del mercado no hay inscripción,
Nico pueda quedar libre si trae el dinero invertido. Pero en el Barça empiezan a ver que lo que parecía un deseo cambia a un dolor de cabeza. Existe la sensación de que el representante frena. El agente tiene a más jugadores del Athletic en su cartera y no quiere enemistarse con el club vasco.
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