Vimos la semifinal de la Nations League entre España y Francia, planteado como un pulso por el Balón de Oro entre
Lamine,
Dembélé y hay quien hasta incluía a
Mbappé por su Bota de Oro. Y, claro, el talento de la cantera del Barça volvió a demostrar que nunca, nunca se asusta. De todas las virtudes que posee, que son muchas, esa es la más llamativa y lo que le hace tan especial, porque con 17 años uno puede tener grandes facultades naturales pero lo que normalmente aparece mucho después es sentirse responsable de la suerte de su equipo. Al final, el Balón de Oro es un premio individual que es pura cuestión de gustos, de años y de modas asociadas muchas veces a títulos colectivos, como el Mundial. Si no, es muy raro que alguien pensara un día en
Cannavaro para darle el trofeo. También cuenta a la hora de votar el color de las camisetas y por eso el año anterior, en el Madrid, se enfadaron tanto porque
Vinicius no ganara el Balón de Oro, aunque se lo llevara un madrileño como
Rodri. En realidad, el gran éxito de
Lamine es que, con 17 años, ya forme parte de la superélite del fútbol. Tiene habilidad, visión y ya ha dado un paso más marcando goles. Y, repito, lo que le pone en posición ventajosa para marcar una época es su personalidad, estar cuando aún es menor de edad con gente que le saca una década, como
Dembélé o
Mbappé. Y esa autoconvicción es tan evidente que hace que, en un partido que para él no fue ni el mejor, ni el segundo mejor, ni el quinto de la temporada, marcara un gol en jugada y pidiera tirar el penalti que le habían hecho.
Seguir leyendo...