Cuando se trata de un terremoto, ser capaces de anticipar su aparición aunque sea unos segundos puede suponer la diferencia entre un susto y una catástrofe. Saber cuándo esperar estos fenómenos sería vital, por ejemplo, para impedir el aterrizaje o despegue de un avión o para alertar a un colegio o un hospital. Si el margen de tiempo es mayor y, como sucede con las lluvias, podemos anticipar el riesgo varios días o semanas, las ciudades tendrían tiempo para elaborar planes de actuación e incluso para llevar a cabo evacuaciones en los casos más extremos. Esto es lo que pretende lograr una investigación pionera de la Universidad de Alicante, que ha instalado sensores sísmicos en diferentes puntos de Orihuela para averiguar si los movimientos habituales de la tierra pueden servirnos para adelantarnos a un posible terremoto.