El mes de julio está presente en mi mente por diferentes eventos y actividades que marcaron mi infancia y adolescencia. Por un lado, cómo no, están San Fermín y sus madrugadores pero imperdibles encierros. La alarma era obligatoria a las 7:55 para ver a los corredores huir de los toros, aunque no entendiese nada. Por otro lado está la Donosti Cup, un fin de fiesta fantástico para las temporadas que me encantaba primero de jugador, y que me introdujo después en el mundo de los entrenadores hasta llevarme a serlo. Las vacaciones en Benidorm o las noches de Grand Prix en familia también se merecen mención, pero sobre todo había una cosa que me encantaba hacer: ir a Zubieta.
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