En el año 1861, en las
calizas oolíticas de Solnhofen, se descubrió un fósil excepcional. Los restos de una criatura con aspecto de dinosaurio, al que le faltaba la cabeza, con una larga cola ósea y tres garras en cada pata delantera, pero con una particularidad: estaba cubierta de plumas. Se asignó inicialmente al grupo de las aves, aunque al no tener el cráneo, no se pudieron analizar ciertos rasgos relevantes, como si tenía o no pico. El dilema se resolvió apenas cinco años más tarde, cuando un nuevo fósil de
Archaeopteryx vio la luz; probablemente uno de los fósiles más icónicos de la historia de la paleontología. Este nuevo ejemplar, que se conserva en el
Museo de Historia Natural de Berlín, tenía la cabeza muy bien conservada, y un hocico largo lleno de dientes de dinosaurio.
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