[El Trujamán] La historieta de mi vida
Por Itziar Hernández Rodilla
Me enamoré de los tebeos a los cuatro años y de Corto Maltés a los cinco, más o menos. No vamos a entrar en si yo leía de verdad a esa edad o en si esto es mitología, la cuestión es que, desde entonces, no he dejado de leer historietas. Las heredadas: El Guerrero del Antifaz (cuadernillos coloreados por mi madre), Roberto Alcázar y Pedrín (también de la progenitora, que tenía tendencia a gastar la paga en tebeos: no se heredan solo los genes), Hazañas bélicas (estas, no es por estereotipar la cosa, eran de mi tío). Las propias: Mafalda, Esther y su mundo (¿qué quieren?, era la época), Astérix (a la que llegaba tarde, pero nunca es tarde si la dicha es buena) y, claro, Corto Maltés (que, al principio, fue Corto Maltese). Luego, con los primeros novios: Alvar Mayor, Dylan Dog, The Spirit, XIII y, a partir de estos, que ya eran, para una, el colmo de la sofisticación, todo tipo de historias y humor en formato gráfico. Si me preguntan mis preferencias, diré: autoras francesas y alemanas; héroes italianos. Seguro que Freud tendría algo que decir al respecto.
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