Vencerá el pragmatismo en la relación EU-México
El pasado viernes 22 de enero se realizó la primera conversación telefónica entre los presidentes Joseph Biden y Andrés Manuel López Obrador. De heho, fue la segunda conversación telefónica del mandatario estadounidense con un Jefe de Estado.
Este hecho da cuenta de que, a pesar de que había una visible preferencia de López Obrador por Donald Trump, al final de cuentas vencerá a cualquier simpatía la indispensable relación institucional entre los gobiernos de países vecinos que, además, son cercanos socios comerciales.
En las relaciones entre el nuevo gobierno norteamericano y el de México no habrá ni una cascada de conflictos ni tampoco un romance entre gobernantes de estilos y tendencias tan diferentes.
Algunos pensaban que la dilación del presidente mexicano para felicitar a su homólogo norteamericano el año pasado podría haber sido causa de molestias y generaría una relación llena de tensiones desde el primer momento.
Me parece que no será así. Las prioridades de la administración Biden conducirán a que se busque la mejor relación posible con nuestro país.
Subrayo la palabra ‘posible’ porque tampoco habrá ausencia de conflictos.
Quizás las más notables deriven de las exigencias norteamericanas de una instrumentación rigurosa del Tratado México-Estados Unidos-Canadá (TMEC) en temas como el ámbito laboral y el ambiental, que serán de los asuntos de máxima atención por parte del presidente Biden. O bien en temas relativos a la energía, un sector en el que diversas compañías norteamericanas se han sentido muy vulneradas.
Podría haber también discrepancias en materia de políticas de seguridad, ante los antecedentes recientes como el caso del general Cienfuegos.
Entre diversos círculos de analistas en México existe la percepción de que sería muy rentable políticamente hablando para el presidente López Obrador construirse un enemigo o, almenos un adversario, en el nuevo gobierno norteamericano.
La tradicional visión ‘anti-yanqui’ de una parte importante de la población, así como la exacerbación del sentimiento nacionalista, podrían ser muy convenientes en el contexto del proceso electoral, asegurando triunfos para el partido del presidente.
Esto es cierto. Sin embargo, tanto López Obrador como algunos de sus colaboradores cercanos como Marcelo Ebrard o Lázaro Cárdenas, saben perfectamente que propiciar conflictos con el gobierno estadounidense podría generar una situación de riesgo no solo en el corto sino incluso en el mediano plazo.
Hasta ahora, por los signos que se perciben por parte de los dos gobiernos, pareciera que está venciendo el pragmatismo y que sería factible esperar que las relaciones entre ambos tengan una mayor institucionalidad.
Ambos gobiernos tienen en el control de la pandemia uno de sus retos más urgentes.
Los primeros días del gobierno de Biden se caracterizaron por el diseño de una nueva estrategia que implica la instrumentación de mayores restricciones a la movilidad, incluyendo la exigencia de pruebas y confinamientos a los visitantes internacionales que lleguen vía aérea. Además, hubo un llamado a usar el cubrebocas durante los próximos 100 días y se diseñó una estrategia de vacunación para alcanzar la meta de 100 millones de aplicaciones en sus primeros 100 días de gobierno, los cuales se estarán cumpliendo hacia la segunda semana de mayo.
La nueva administración norteamericana entiende perfectamente que si no se controla la pandemia va a ser prácticamente imposible obtener una recuperación sostenida de la economía.
En el caso de México, con la elevada dependencia de nuestro país al comercio con Estados Unidos, un mejor desempeño de nuestros vecinos del norte significa también la posibilidad de un mejor resultado económico en el país.
Pero si se pretende que la recuperación no se limite a los sectores exportadores no bastará con aferrarse a la economía norteamericana sino también será necesario que se controle la pandemia y, debido a la mayor laxitud en medidas para frenar la movilidad en nuestro país, la clave será el ritmo al que avance la vacunación.
Hay dos variables fundamentales que determinarán dicho destino. En primer lugar está la disponibilidad de las vacunas.
Todo indica que habrá restricciones para desarrollar un programa acelerado durante los primeros tres meses de este año, por lo que probablemente hasta abril se pueda contar con volúmenes de vacunas que permitan acelerar el proceso.
Pero no basta con disponer de la vacuna sino se requiere contar con la capacidad logística para llevarla prácticamente a todo el país. Y esa tarea no se ve sencilla.
Así que lo más probable es que el ritmo de la vacunación en México sea más lento que en Estados Unidos y que esa diferencia se refleje en una asimetría en el comportamiento de los sectores económicos.
Es decir, los vinculados a la economía norteamericana tendrán un mejor resultado que aquellos que solo lo están al mercado interno.
Un buen desempeño de Estados Unidos también asegura que el flujo de remesas provenientes de los trabajadores mexicanos que se encuentran en ese país pueda mantenerse en niveles semejantes o mayores a los del año pasado, cuando mandaron cerca de 40 mil millones de dólares, lo que representa el 3.8 por ciento del PIB, un ingrediente fundamental para mantener la capacidad de compra de millones de familias y la estabilidad social.
Por ello, es de esperar que aunque pudiera ser rentable un discurso antinorteamericano, venza el pragmatismo y el gobierno mexicano busque espacios de colaboración con la nueva administración del presidente Biden.
Como le comentaba, esto no va a significar ausencia de conflictos.
Lo más probable es que continúen los reclamos de compañías norteamericanas que se encuentran en el sector energético ante el visible cambio de las reglas del juego por parte del gobierno mexicano.
El otro asunto que puede tener un alcance importante tiene que ver con las obligaciones laborales en el país.
Es probable que los sindicatos estadounidenses presionen para que aquí haya una aplicación estricta de la legislación laboral.
Si no la hubiera, entonces podríamos observar la llegada de demandas específicas sustentadas en el TMEC, que eventualmente podrían requerir mecanismos de solución de controversias entre los dos países.
Con todo, estas tensiones no pareciera que vayan a poner en riesgo la relación de los dos países.
Por el contrario, el hecho de que haya desaparecido la amenaza de los aranceles, así como la política migratoria agresiva en contra de los mexicanos en Estados Unidos, serán factores que permitan una mejor relación en los próximos años.
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