“Los féretros escondidos del covid19 y el ‘efecto Dover’”
Sorprende poco o nada que en un medio de comunicación tan manoseado y manipulado, tan inclinado al chanchullo y al veto, y tan ciego ante la calidad en demasiadas ocasiones como TVE, un planteamiento rupturista, crítico, independiente y exclusivo ante la gestión de la pandemia, en forma de reportaje, sea relegado a una esquinita de la parrilla, al ser presuntamente su emisión una molestia.
Al documental ‘La vida sigue’ se le ha reservado un rinconcito de La 2. Por lo visto, nunca mejor dicho, tiene poco interés para la opinión pública y para el consumo de masas que los telespectadores puedan ver un trabajo en el que se muestran imágenes inéditas, entre ellas algunas de las morgues improvisadas de Madrid.
Tampoco debe de ser especialmente relevante o atractivo o de servicio público que una pieza bien elaborada no caiga en la complacencia, siendo crítica con todos los poderes públicos implicados en la gestión de la crisis sanitaria, más allá de colores políticos y territorios. Por supuesto, que se muestren en él efectos como las colas del hambre, las discrepancias sobre el número de muertos, la figura fantasmagórica del comité de expertos o los infinitos errores de Fernando Simón como portavoz y prescriptor debe de ser insignificante: cosas de las que nadie habla.
Los estadounidenses entienden como ‘efecto Dover’ la capacidad que tiene la población de ese país para aceptar la llegada de cadáveres como precio y en el curso de un conflicto militar, un fenómeno que debe su nombre a la base aérea de Dover, el mayor tanatorio militar del mundo en la costa atlántica de Norteamérica, donde son llevados los soldados perdidos en combate, por supuesto con acceso prohibido a la prensa.
No. Por respeto a las víctimas del coronavirus, a sus familias, a su propia intimidad, no somos mayoría los españoles que (drogados por el amarillismo o el sensacionalismo o el morbo) queremos ver en las pantallas de la tele pública un constante desfile de féretros y lágrimas. Sin embargo, tampoco concebimos que el ente deba tomar decisiones, de carácter claramente censor, alejadas de cualquier criterio periodístico y de interés general, sencillamente para proteger las poltronas y garantizar la comodidad, espuriamente, de los políticos adictos al mangoneo en el Pirulí. Éstos, insaciables y cansinos, son los realmente molestos.
