Tres de José Méndez
En el año capicúa de 2002 la editorial Calima de Palma de Mallorca publicó La voz de los poetas del autor valenciano Miguel Veyrat. Miguel, en un acto de generosidad, me pidió que prologara su libro.
A la letra digo: “Miguel Veyrat ha preferido, a lo largo de una trashumancia que incluye una década de libros, la decantación del verbo, la apuesta por lo conciso y, sobre todo, la inteligencia de que la poesía es una revelación preñada de misterio o, en la simetría en cruz, un misterio henchido de revelaciones”.
Fue el poeta asturiano José Méndez quien me presentó a Veyrat. De Pepe Méndez recupero tres enseñanzas verbales. La primera tiene que ver con el enorme poeta Claudio Rodríguez.
Sí, sí, sí: el autor de Don de la ebriedad. Me dijo Pepe: como solía decir el amigo Claudio: “Estamos para dejar de estar”.
¡Vaya frase! La segunda lección fue la acepción de la voz retranca como intención disimulada, según avisa María Moliner en connotación cuarta.
La tercera, verdad como un templo, fue la aseveración que expresó en el bar Santa Bárbara, justo en la puerta del metro Alonso Martínez en Madrid:
“Mira, Gil, ensayar es equivocarse”. He calibrado a lo largo y lo ancho del tiempo las tres frases y cuadran a la perfección con mi oficio de pontonero, como decía Veyrat: “Los poetas somos pontoneros, esto es, hacedores de puentes”.
Tengo frente a mi mesa de trabajo el libro que prologué a Miguel Veyrat: “Miguel Veyrat, escultor de la transparencia”: “Quiero sólo ser/la luz del sol pintada/sobre una pared”.
