Chris Froome, un coloso entre interrogantes
«Ha sido, sin duda, la batalla más grande de mi vida deportiva», dice Froome, otro coloso seducido por el magnetismo del Giro. El ciclista robotizado, prisionero del potenciómetro, el medidor de frecuencias y las ganancias marginales del Sky derivadas de la nutrición, el descanso y los pequeños detalles, se transformó en el terreno arenoso de la Finestre en el campeón del coraje. «El soñador capaz de hacer lo que los demás ni siquiera imaginaban», lo describió con precisión La Gazzetta dello Sport.
Froome se encontraba hace tres días a más de tres minutos del derrocado líder de esta edición, el también inglés Simon Yates. Su arranque de fe en La Finestre lo catapultó hacia otro hemisferio que conecta con las emociones y la esencia del ciclismo, más allá de las clasificaciones.
Pero todo este torrente de elogios puede difuminarse en días o semanas. La Unión Ciclista Internacional (UCI) y su comisión antidopaje independiente no ha resuelto el presunto positivo de salbutamol del ciclista en la pasada Vuelta a España. Nada se sabe del asunto, salvo que Froome se ha defendido con profusión. «Estoy limpio», ha repetido.
Si el Ventolín no lo impide, el inglés nacido en Nairobi y residente en Mónaco podría optar a otro gran registro: aspirar a convertirse en el primer ciclista que gana el Giro y el Tour en el mismo año veinte años después de Marco Pantani y 25 después de Miguel Induráin.
