¿Y si EE UU apaga el interruptor de la defensa española?
Imaginemos una madrugada cualquiera en la base de Torrejón. Los Eurofighter están listos, los pilotos descansados, el combustible cargado. Y, sin embargo, varios aviones no pueden cumplir su misión. No los ha tocado nadie. Solo ha ocurrido algo a miles de kilómetros: una oficina del Pentágono ha dejado de enviar una actualización de datos. Ese escenario, mitad ficción mitad advertencia, resume el debate que recorre Europa desde marzo de 2025 y que en España tiene nombre propio: la dependencia militar de Estados Unidos.
La pregunta circula por los ministerios de Defensa europeos con una crudeza nueva. ¿Puede Washington «apagar» las armas que vende a sus aliados? La respuesta corta es no, al menos no como lo pinta la leyenda. La larga es más incómoda: no le hace falta.
El mito del «botón rojo»
El detonante fue Ucrania. Entre el 3 y el 5 de marzo de 2025, tras la tensa reunión en el Despacho Oval entre Donald Trump y Volodímir Zelenski, la Casa Blanca cortó el suministro de armas y, sobre todo, el intercambio de inteligencia con Kiev. El director de la CIA, John Ratcliffe, lo confirmó en directo. De golpe, los aliados comprobaron que el grifo existía y que tenía llave.
La prensa europea se lanzó entonces sobre una idea realmente preocupante: el «kill switch» del F-35, un supuesto interruptor remoto capaz de dejar en tierra al caza furtivo más vendido de Occidente. Bild en Alemania, los diarios belgas y suizos, la prensa portuguesa. Todos preguntaron lo mismo. España no, porque ni tiene F-35 ni planes para adquirirlos tras cancelar los F-35B embarcables.
Los hechos desinflan el rumor. El consenso técnico es rotundo: no hay un interruptor físico ni electrónico que apague un F-35 en vuelo. Lo negaron la oficina del programa conjunto (JPO), Lockheed Martin, el Ministerio de Defensa suizo y el belga. El general Frederik Vansina, jefe de la Defensa belga, fue tajante: «No tenemos ninguna indicación de que eso sea posible. El F-35 no es un avión teledirigido». La JPO lo zanjó con una frase que recorrió la prensa especializada: «There is no kill switch». No hay interruptor.
Hasta aquí, el desmentido. El problema empieza después.
El cerrojo que sí existe
Tyler Rogoway, analista del portal especializado The War Zone, lo formuló con una imagen que se ha hecho célebre en los círculos de defensa: no se necesita un botón para inutilizar un sistema de armas, basta con dejar de alimentarlo y este «se marchita». Stacie Pettyjohn, del think tank estadounidense CNAS, lo detalla: cortando el mantenimiento, los envíos de repuestos y la conexión a las redes informáticas norteamericanas, «el avión quedaría rápidamente inutilizado». Esto no pasa solo con el F-35, que es la pieza más codiciada actualmente, sino que pasa con todo lo que pueda venir de fuera.
Esa es la dependencia real, y opera en varias capas. El F-35 vive conectado a un sistema logístico (primero ALIS, ahora el llamado ODIN) sin el cual pierde planificación de misión y mantenimiento en cuestión de semanas. Más crítico todavía: los «mission data files», el cerebro táctico que le dice al caza cómo identificar y esquivar las defensas enemigas, se elaboran en laboratorios bajo control estadounidense en la base de Eglin, en Florida. Solo Israel, gracias a un acuerdo singular firmado en 2016, opera su versión del avión con software propio.
El caza es el ejemplo extremo, pero no el único. El mismo principio se aplica al GPS militar, cuyas claves de cifrado controla la Agencia de Seguridad Nacional (NSA) estadounidense y que Washington puede degradar en una zona concreta sin afectar al uso civil mundial. Se aplica a los enlaces de datos tácticos Link 16, al sistema de identificación amigo-enemigo IFF Modo 5 y a buena parte del material criptográfico que hace que un avión español pueda operar dentro de una red de la OTAN.
Esas claves se renuevan periódicamente. Si la NSA dejara de distribuirlas, los sistemas seguirían funcionando con las claves ya cargadas durante un tiempo (días, algunas semanas) y después perderían la interoperabilidad. Sin un solo disparo.
La factura española
¿Cuánto de la defensa española depende de esa cadena? Bastante. Según el último anuario del SIPRI, el instituto sueco de referencia, el 49% de las importaciones españolas de armamento pesado entre 2019 y 2024 procede de Estados Unidos.
La lista es larga. La columna vertebral de la aviación de combate son todavía los F/A-18, rebautizados aquí como EF-18M, casi medio siglo después de su llegada. Los helicópteros pesados Chinook, los SH-60 navales, los futuros MH-60R encargados en 2023, el dron MQ-9 Reaper de Talavera la Real, los misiles aire-aire AMRAAM y Sidewinder, las bombas guiadas JDAM y Paveway, las baterías Patriot del Ejército de Tierra y los sistemas NASAMS son todos de origen estadounidense. Y las cinco fragatas F-100, orgullo de la Armada, giran en torno al sistema de combate AEGIS de Lockheed Martin, cuyo código fuente España no posee.
Conviene no caer en el alarmismo. Buena parte de ese material lleva años integrado, con repuestos en almacén y mantenimiento nacionalizado, y un corte no lo dejaría mudo de un día para otro. La degradación sería progresiva, no instantánea. Pero progresiva no significa inofensiva.
Turquía, el precedente que escuece
Quien dude de que Washington usa esa palanca tiene un caso reciente. En 2019, Turquía, socio de pleno derecho del programa F-35 y fabricante de centenares de piezas del avión, compró el sistema antiaéreo ruso S-400. La respuesta estadounidense fue fulminante: expulsión del programa. Ankara había pagado alrededor de 1.400 millones de dólares por un centenar de cazas que nunca recibió. Sin reembolso.
La historia de las últimas décadas está sembrada de episodios parecidos: los F-16 retenidos a Pakistán en los años noventa, la ayuda militar congelada a Egipto tras el golpe de 2013, las bombas frenadas a Israel en 2024, los repuestos demorados a la Venezuela de Chávez. El patrón se repite. El suministro militar nunca es solo comercial: es un instrumento de presión política.
Y las relaciones entre Madrid y Washington atraviesan su peor momento en décadas. Empezó con Sánchez tensando la cuerda por el 5% del gasto en defensa, pero ha estallado ahora más recientemente con la negativa española de usar las bases de Rota y Morón para el paso de los aviones estadounidenses hacia su conflicto con Irán. Esta situación ha llegado a hacer que Trump amenace con cortar cualquier tipo de comercio con España, incluso cuando tendría que negociarlo en conjunto con Europa.
La salida europea, lenta y cara
España ya ha empezado a mover ficha. En agosto de 2025 descartó formalmente la compra del F-35 y reservó los más de 6.000 millones previstos para alternativas europeas: más Eurofighter (los lotes Halcón I y Halcón II suman 45 aviones) y el futuro caza FCAS. Ha elegido el misil antibuque noruego NSM para sustituir al Harpoon, el Spike israelí en lugar del TOW estadounidense, y ha construido con Airbus su propia capacidad de transporte con el A400M.
Los satélites SpainSat NG, con un 40% de tecnología nacional, reducen la dependencia en comunicaciones seguras.
El problema es el calendario. Europa no tiene hoy un caza de quinta generación que pueda plantar cara al F-35, y el programa FCAS, enredado en una pelea de reparto industrial entre Francia y Alemania, no volará antes de 2040, si es que vuela. La industria europea de munición produce la mitad de lo que anuncia. Y hay capacidades (satélites espía, mando y control con inteligencia artificial, defensa antimisil de capa alta) en las que la brecha con Estados Unidos se mide en décadas, no en años. Un informe del Instituto Kiel cifra en 500.000 millones de euros y diez años el coste de cerrarla.
Los sistemas «camuflados»
Queda un matiz que pocos quieren subrayar: ni siquiera lo europeo es del todo «libre de Estados Unidos». Microchips, sensores y software de origen norteamericano se esconden en sistemas presuntamente continentales. El misil británico Storm Shadow no pudo emplearse en territorio ruso por sus componentes estadounidenses; su primo francés, el SCALP, sí. La autonomía estratégica, esa palabra que tanto se repite en Bruselas, es por ahora más una hoja de ruta que una realidad. La defensa española no se apaga con un botón. Se apagaría, en todo caso, despacio, por asfixia logística, y solo en el peor de los escenarios diplomáticos. Pero la lección de los últimos doce meses es que esa posibilidad ha dejado de ser impensable.
